PARAÍSO INHABITADO


Leer, a quien le guste, claro, muchas veces es una satisfacción, un goce, algunas, cuando nos equivocamos o por mejor decir equivocamos el libro que, en ese instante no nos está destinado, es una pequeña decepción, pero hay veces, ocasiones especiales, contadas, que leer es una iluminación, un tránsito a una tierra por explorar, un deleite, una entrada en un mundo diferente que, a partir de la lectura de ese libro, nos hará ser de otro modo.
Hay libros bueno, malos y regulares, hay libros interesantes por el tema pero cansados en la forma, hay libros amenos pero no demasiado literarios, hay libros entretenidos sin más, hay libros que interesan y que acompañan, y además, además de todo eso, hay otros libros.
Hay Libros en mayúscula que son lo que nos da el empuje para seguir leyendo. Que entran y se quedan, que permanecerán con uno hasta que uno se vaya de este pequeño mundo con la memoria de lo leído, que instauran un reino para que nos habite después de leídas las últimas líneas. Libros colibrí, libros arco iris, libros que pueden acabar bien o mal, y éste acaba melancólicamente mal, aunque lógicamente bien, pero que no se marchan, no se dejan en la estantería como a otros, siguen habitándonos.
El libro Paraíso Inhabitado de Ana María Matute es un extraordinario libro de vida. Si les digo que simplemente cuenta la historia de una niña antes de la guerra civil y su amistad-amor con un niño ruso, me pueden decir ustedes que es otro libro más. Y no, porque Matute lo que nos cuenta es que los unicornios no vuelven. Nos cuenta una historia de magia, dentro de un mundo de mayores, en las que solo habita su ensueño, su pequeña vida en la que entran los habitantes de un mundo propio para dotar de un halo de oro todas las páginas de esta bellísima historia.
Es un libro contado con una naturalidad absoluta, bajo el prisma de alguien que recuerda, es decir de una persona mayor, pero con la visión subjetiva de un crío que despierta al mundo real y que le asusta. Es un libro con un estilo de una llaneza que asombra, las palabras fluyen como si se deslizaran sin el menor chirrido, sin el menor empaque, sin un solo artificio que las manche.
Matute eleva el idioma castellano a la categoría de magia, a la pureza más absoluta del lenguaje sin tacha, a la metáfora más clara, a la alusión más evidente, llena de poesía cada una de las frases del libro, envía un mensaje desde otro lugar; desde otra perspectiva, desde otro mundo, un mensaje de amor, pero también de muerte, un mensaje de amparo pero también de soledad al final, y a la vez un mensaje de esperanza en ese ” siempre te esperaré”, aunque los unicornios, como le dice su familiar cuando se van las dos, “no vuelven”.

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