RIÑA DE GATOS


Riña de gatos, Madrid 1936 se ambienta en los meses previos al estallido de la guerra civil, pero no es otra novela sobre la guerra civil. Como Velázquez en su retrato del bufón Don Juan de Austria, Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) sitúa en el primer plano de la narración a un personaje bufo: Anthony Whitelands, un experto en la pintura española del Siglo de Oro, sosaina y corto de luces, que llega a Madrid con el encargo de tasar los cuadros de un aristócrata presuntamente interesado en venderlos para huir del país. Entonces, descubre un supuesto Velázquez no catalogado cuyo destino da pie a una monumental intriga, en la que participan aristócratas, falangistas, espías británicos y soviéticos, policías y generales golpistas. En el epicentro de ella se sitúa Whitelands, una especie de Gurb llegado no del espacio, sino de Inglaterra. Un bufón despistado, tras el que Mendoza pinta con tintes parodistas y humorísticos, las turbulencias que desencadenaron la guerra. Y lo hace de la misma forma difusa con la que Velázquez esboza al fondo de su Don Juan de Austria una batalla, que "puede ser un fragmento de realidad, una alegoría, un remedo o un sueño de bufón".
Velázquez se negaba a pintar las calamidades del mundo. Mendoza, también. Retrata el ambiente prebélico eludiendo todo dramatismo. Adopta la perspectiva aérea de un narrador omnisciente, que lo ve todo desde arriba, para guardar una deliberada distancia porque, como Velázquez, "no se siente llamado a juzgar un mundo que se ha encontrado hecho y sin remedio".
Para reforzar ese distanciamiento, Mendoza se decanta formalmente por la farsa, el vodevil, el sainete e incluso el folletín amoroso, en el que se entremezclan personajes históricos y anónimos. Y ahí es donde se aparta de los presupuestos artísticos velazqueños, porque, a diferencia de la neutralidad característica del sevillano, por fortuna Mendoza no pinta con la misma humanidad a reyes y enanos. Mientras se muestra indulgente y compasivo con la niña prostituta Toñina o con el revolucionario Higinio Zamora Zamorano, retrata a José Antonio Primo de Rivera como un botarate, un "loco embriagado de retórica" y "redomado putero". Y a Franco, Mola y Queipo de Llano como perros a la gresca para hacerse con el bastón de mando del golpe.

No hay comentarios: